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Gran Hotel Bolívar: una historia que se sirve con pisco

Hay una escena que resume lo que significa el pisco sour para el Gran Hotel Bolívar. La cuenta su barman Fabrizio D´Acevedo: algunos clientes apenas llegan, antes incluso de pedir la carta, ya encargan dos catedrales. Ese gesto contiene algo que cualquier establecimiento desearía construir: una relación con el público que se transmite de visita en visita, hasta convertir una bebida en parte de la memoria de un lugar.

En el centro histórico de Lima, frente a la plaza San Martín, el Bolívar lleva más de un siglo formando parte de la vida de la ciudad. Su barra participa de esa historia. Y para quien trabaja detrás de ella, conservarla exige conocer tanto el cóctel que espera el cliente como el producto que lo hace posible.

Cuando le pregunto qué representa el pisco, su respuesta comienza por la historia, la tradición y el respeto. Habla del agricultor, de las técnicas que se mantienen, de las bodegas y de las diferencias entre las zonas de producción. Antes de entrar en la coctelera, el destilado ya tiene mucho que contar.

Esa manera de entenderlo explica una de las decisiones más personales del establecimiento: buscar un pisco propio.

Al acercarse el centenario, el equipo se planteó un reto que el barman recuerda con claridad: «Hagamos un pisco que sea solo para nosotros». Tras casi doce años de trabajo en el hotel y la experiencia de utilizar distintas marcas, quería participar en la definición del producto que servirían.

La respuesta llegó de la mano de Pisco 1615 Bodegas San Nicolas.

Según explica, la colaboración les permitió trabajar una mezcla de piscos de uva quebranta hasta encontrar el equilibrio que buscaban. Aroma, cuerpo y textura debían encajar con el estilo del Bolívar, con una percepción del alcohol amable tanto al beberlo solo como al incorporarlo a un pisco sour.

El criterio tenía un destinatario concreto: el cliente. Especialmente ese habitual que regresa con una referencia muy precisa de cómo debe saber su copa.

La primera expresión conmemorativa, cuenta el entrevistado, fue una edición de tributo al centenario limitada a 500 botellas. Después llegaron otras mezclas y una presentación de 700 mililitros. Detrás de esa evolución describe un trabajo de prueba y ajuste: estudiar qué buscan, valorar qué perciben en cada mezcla y cuidar la continuidad de la experiencia.

En su valoración de 1615 también aparece el trato humano. Destaca la cercanía de Raúl Otero y su equipo, su hospitalidad y la disposición para acompañar el proyecto. Esa confianza resulta especialmente valiosa cuando una barra quiere intervenir en el carácter del destilado que lleva su nombre.

La misma inquietud se refleja en los cócteles. Con motivo del centenario, el hotel le propuso desarrollar cien sabores de pisco sour. El reto abrió una vía para explorar frutas, hortalizas, raíces y otros ingredientes de la despensa peruana. Entre las versiones que recuerda hay una de maní: una muestra de hasta dónde puede avanzar la curiosidad partiendo de una fórmula reconocible.

El clásico sigue siendo el punto de encuentro. A su alrededor, el equipo amplía las posibilidades de una bebida que muchos visitantes descubren por primera vez y otros conocen de memoria.

Al terminar la conversación, el barman explica qué desea ofrecer a quien cruza la puerta del hotel: un lugar donde conocer el producto peruano. Habla de una selección de más de noventa etiquetas de pisco y de la voluntad de dar espacio a otros destilados y licores del país.

La edición especial de 1615 ocupa un lugar propio dentro de esa propuesta. Nace de una pregunta que une la historia del establecimiento con su trabajo diario: a qué debe saber el pisco del Bolívar.

La respuesta se sigue sirviendo en su barra. 

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